En estos últimos dos meses he conocido algo que jamás había imaginado. Se trata de algo que yo no tuve de pequeñita por cuestiones anatómicas de mi madre, pero que afortunadamente Mateo ha gozado más que cualquier cosa desde su llegada a este mundo: el inefable placer del amamantamiento. Qué cosa!!!! Yo nunca había visto algo igual.
No es únicamente un acto para saciar una necesidad física, ese algo mucho más intenso, indescriptible... pero bueno, haré el intento de poner en palabras todo el proceso, desde que el hueco hace aparición en su pancita.
Todo empieza con algunos pujidillos y quejas intermitentes, si su papá se acerca a él, continúa con un llanto que parece decir: sí, es eso, dame leche ahora mismo. El llanto y los pujidillos terminan en el momento en el que Darío enchufa el biberón en la boca de Mateo. Come y listo.
Pero si soy yo quien se acerca a él, mis cachetes se convierten en inmediatos sustitutos de mis pechos, los huele, los babea y regaña sin contemplaciones, el llanto aumenta, su cabecita se mueve de forma incontrolable provocando que su boca rebote en mis mejillas una y otra vez. Cuando por fin he logrado acomodarme para darle pecho, olfatea la zona, inspecciona el terreno, asegurándose de que se trata de eso que él tanto anhelaba. Confirma que sí, que son mis pechos, y ahora sí, el regaño, la plática, el consuelo y el agradecimiento. Antes de succionar se toma su tiempo para volver a mí, al calorcito.
Una vez acomodado, abre la boca y aaaaam! Él y yo volvemos a ser uno, la succión es tan intensa y profunda que ya nada nos separa. Yo puedo sentir cómo mi leche corre hacia él y escucho que él gustoso la recibe, se alimenta de comidita nutritiva, pero sobre todo, de amor, de cuerpo, de vida.
De pronto es demasiado para él, me empuja con sus dos manitas que segundos antes apretaban mi pecho como un cachorrito, suelta mi pezón, hace su cabeza hacia atrás, toma un fuerte respiro, la leche escurre por su boca, él descansa y otra vez, aaaaaam!, hasta que el flujo de la leche se torna lento y trabajoso. Hacemos una pausa y volvemos a empezar con el otro pecho...
Es el placer más grande del mundo y los tres formamos parte de él.