A quirófano en 15 minutos.
Hace poco más de dos meses que me estrené como mamá. Mateo nació a mediados de octubre por cesárea, después de habernos preparado para un parto psicoprofiláctico. El día de hoy me siento lista para decir, sin compromiso forzado por las presiones externas, que lo verdaderamente importante es que ambos estemos físicamente íntegros.
Ya pasó, pero los primeros momentos fueron muy dolorosos para mí. Se preguntarán por qué, e incluso algunos pensarán que da igual, que mientras él esté aquí, con nosotros, basta y sobra. Y lo curioso es que ahora estoy de acuerdo con ello, pero no fue un proceso sencillo y a continuación explicaré mis razones.
Estando embarazada imaginé y visualicé el nacimiento de Mateo como una experiencia tan intensa y maravillosa, que me mantendría viva y fuerte, a pesar de los dolores que pudiera llegar a sentir. Me imaginaba más mujer, más en mi cuerpo.
Fui con mi esposo a un curso psicoprofiláctico, nos informamos sobre cada pequeño detalle del trabajo de parto y soñamos que lo lograríamos, que podríamos compartir cada segundo de dolor y júbilo. Deseamos tantas cosas... miradas, caricias, masajes, llamadas telefónicas, acelere automovilístico, la ruptura de la fuente (por supuesto), respiraciones y hasta pujidos.
No hubo nada de eso. Llegué a la semana 41 sin mayor signo de trabajo de parto que varias contracciones totalmente indoloras y más o menos constantes. Seguimos toooooooodas las indicaciones del médico para favorecer el trabajo de parto, pero nada. Caminé, con mi inmensa barriga, como nunca. El día anterior al internamiento nos aventamos 7 kilómetros, y nada.
La hora límite llegó y así, sin más, el médico dijo: "En 15 minutos entras a quirófano". Fum! Qué pasó? Mis contracciones eran muy buenas, pero no suficientes. Nada de dilatación y al quirófano. En ese instante alejaron a Darío de mí, para no verlo más que en un estrecho pasillo de camino a la sala de operaciones, hasta después de haber dado a luz.
Todo eso hubiera sido lo de menos, incluso la rajada en la barriga, con todo lo que ello implicó. En realidad lo que ensombreció el día más maravilloso de mi vida, fue que me durmieron, nunca entendí por qué, nadie me avisó que lo harían. Al parecer, por los nervios y la ausencia de Darío, me temblaban involuntariamente las piernas. Bueno, ésa es la explicación que me doy.
A lo mejor, si hubieran esperado un poco a que él acariciara mi mano y me dijera con su mirada que todo iba a estar bien, hubiera tenido el inmenso placer de escuchar el primer grito de vida de Mateo, mi hijo. No tuve eso, pero sí una borrachera rarísima que me hizo no recordar prácticamente nada de aquel día. Sólo sé que cuando abrí los ojos, una voz desconocida me dijo: "Tuviste un niño chinito y güerito"... pero dónde está?... ya se lo llevaron. Tampoco pude darle un besito de bienvenida, ni susurrarle al oído cuánto había esperado su llegada.
Hoy, aún con las lagrimillas que se me acaban de escapar, me siento plenamente feliz, pues ese pequeñín está junto a mí y lo amo como a nadie, lo lleno de besos y le digo a cada minuto cuánto lo amo. Y no sólo eso, durante aquellos días se fortaleció el amor que Darío y yo nos tenemos. Me cuidó como nunca nadie lo había hecho. Me amó, en toda la extensión de la palabra. Y yo, en mi vulnerabilidad, sentí el agradecimiento más profundo que jamás imaginé.
Darío: Gracias infintas.
Mateo: Bienvenido a mis brazos.

Veli dijo
Agua pasada no mueve molino: ahora, hacia el futuro con optimismo renovado cada día... seguro que estas fiestas van a ser inolvidables.
Saludos navideños ;-)
22 Diciembre 2005 | 08:31 AM